lunes, 20 de julio de 2020

Día 69

Pañalea con amor: Historia de los pañales
20 de julio

El Escritor Que Hay En Mí me dice que ha vuelto a escribir en este diario de la preparación de la próxima novela. «No me hagas reír», le digo. «Si con esto de la paternidad no tenés tiempo ni para mear». Pero él me jura por la virgencita de Itatí que sí, que volvió a escribir, aunque lo que escribió no es gran cosa, dice. Le digo que espero que no haya mencionado nada sobre las razones por las que no escribía desde hacía tanto tiempo. «Eso sería poner excusas y a nadie le interesan las excusas», le digo. «A veces es mejor hacer como si nada. O mejor, hacer como si se estuviera retomando una conversación que se dejó inconclusa; continuar con un simple "como te iba diciendo..."».
Y él me dice que eso le recuerda mucho a esos reencuentros con los amigos de siempre, cada vez que volvemos a Buenos Aires. «En esos reencuentros», me dice, «la cosa funciona de una manera parecida: se retoman viejas conversaciones inconclusas desde donde se habían dejado la última vez, con un cariñoso "como te iba diciendo..."; como si no fuese necesario hacer un repaso de todo lo que nos sucedió durante el tiempo que estuvimos separados», me dice.
Y después me dice que le gusta mi idea de empezar así lo que ha escrito para este diario. «Puede ser un buen punto de [re]partida para retomar la hipotética relación con ese hipotético lector que se supone que está al otro lado de este diario. Además, creo que el tono trasmite cercanía y eso siempre es bueno», me dice El Escritor Que Hay En Mí, y se queda pensativo unos segundos. «Porque al final lo que hubo no es más que una mera interrupción, ¿no?».
Y yo me impaciento porque sé que el tiempo se agota y en breve habrá que volver a «lo otro», y le digo que no le dé más vueltas. «Dale», le digo, «que tampoco tenemos tiempo para andar filosofando. O lo escribís o no lo escribís». Y él, sin más, se sienta delante de la máquina, tacha la primera frase de lo que ya había escrito y escribe: "Como te iba diciendo...".

jueves, 31 de octubre de 2019

Día 68

blog de mariano re
31 de octubre
Cuatro páginas. Nada mal. Las acabo de releer y no todo es desechable. Hay, creo, algunas cositas que se pueden rescatar. Me bastaría con quedarme dos o tres párrafos para salir victorioso de ese campo de lucha que es mi escritorio. Así y todo, siento que en los últimos tiempos nada parece suficiente. Y es que escribir debería ser algo de todos los días. No se puede dejar pasar mucho tiempo entre unas páginas y otras. Se pierde la voz, el ritmo y yo qué sé cuantas cosas más. Es como la anécdota de ese pianista que decía que si no tocaba un día lo notaba él, si no tocaba dos, lo notaba la crítica, y si no tocaba tres, lo notaba el público. En mi caso, estoy convencido de que si un niño de tres años pudiese leer lo que escribo últimamente, notaría de inmediato que no estoy escribiendo lo suficiente. Pero no debería quejarme tanto. Bastante es haber escrito estas cuatro páginas y encima creer que de allí se puede rescatar algo. No seamos pesimistas y pensemos que avanzamos. Eso tiene que valer.
Cambiando de tema y de animos, quiero dejar plasmado en el diario mi felicidad porque salió la nueva temporada de La casa de las flores. Es como revivir aquellas tardecitas en casa de la abuela, mirando las telenovelas a la hora de la siesta. Pero mucho más netflixiano.

sábado, 26 de octubre de 2019

Día 67


Blog de Mariano Re
26 de octubre 
No le debo a nadie nada, pero sí, tal vez, debería pagar la deuda que tengo con este diario y escribir varias y extensas entradas, por todos estos días pasados en los que no escribí ni un solo verbo.
No me excuso. Aunque no voy a negar que he cuestionado mi compromiso con la escritura de este diario en más de una ocasión. Porque el motivo de mi abandono no ha sido otro que el abandono mismo. Me abandono a la vida y esta me arrastra en su cauce. Me sacudo entre troncos y piedras y otros desechos que también son arrastrados por el caudaloso discurrir de la vida. 
Pero bueno, veo que me estoy poniendo demasiado poético y lo que quería decir es que han pasado muchos días y cada vez que pasaba por delante de mi computadora la miraba de reojo, haciéndome el desentendido. Lo más probable es que no tuviese nada que decir. Eso es todo. Y aunque ahora tampoco tengo nada para decir, por lo menos algo digo. Digo que no digo nada, que es mucho más de lo que otros pueden decir.
Postdata: al menos en estos días en los que no escribí nada, tuve tiempo para leer Solenoide, de Mircea Cârtârescu, y creo que me explotó una venita en alguna parte del cerebro, que desató en mí una felicidad desconocida. Estuve a punto de salir a visitar las inmobiliarias de mi ciudad, para ver si alguien alquilaba una casa que tuviese enterrado debajo de esta un solenoide, y así poder flotar por mi habitación con solo apretar un interruptor. Menos mal que unos amigos me disuadieron alegando que probablemente me habrían sacado a patadas de las inmobiliarias. Así que me quedé con las ganas. 


lunes, 23 de septiembre de 2019

Día 66



23 de septiembre

Hoy está siendo un día lento, espeso como el dulce de leche. Un día difícil de digerir.
Si alguien viniese en este momento y me sacudiese con fuerza no lograría hacer que se me caiga ni una sola idea. No hay nada dentro de mí. Soy como una almeja abierta, abandonada en el borde de un plato sucio, a la que alguien ha chupado, absorbido, succionado todo el contenido, incluida la salsita esa que a veces queda en el fondo de la concha. Estoy seco.
En días como este lo único que queda por hacer es leer. (Ayer ya me terminé las relecturas que me había propuesto para este verano. Releí varias cosas que me interesaba releer. Los Cuentos de Raymond Carver, Pájaros en la boca de Samantha Schweblin, Matadero 5 de Kut Vonnegut y Ficciones de Borges. No hubo decepciones, todos aguantaron bien las relecturas).
Pero ahora no tengo nada por leer y eso me llena de angustia. Miré en mi biblioteca para ver qué podía empezar, pero la mayoría de los libros que tengo por leer no me llamaron la atención. Así que ahora estoy pensando ir a dar un paseo hasta la biblioteca y buscar algo que me mueva, algo que llene el vacío, algo que me sacuda y quizás hasta haga sonar algún timbre en mi cabeza que me saque de este letargo creativo. Un letargo que ya va durando demasiado.

viernes, 20 de septiembre de 2019

Día 65

Mariano Re - Vidas Pasadas

20 de septiembre

Las plantas que puse hace un tiempo en mi estudio, con la intención de decorarlo un poco, están cada día más grandes y frondosas. Parece que les gusta su nuevo hogar. No soy un gran cuidador de plantas, pero me siento orgulloso con el resultado. Una, la más grande, la he tenido que quitar del estudio y ponerla en el salón porque ocupaba ya demasiado lugar y me desconcentraba; y además me hubiese impedido, en el caso de que esto suceda algún día, poder bailar de contento cuando escribiese algo genial e inteligente (todavía sigo a la espera). Pero, como decía, estoy contento con el resultado. El estudio parece ahora más acogedor, más colorido. Eso sí, creo que aún falta algo en las paredes. Quizás podría poner alguna foto o algo así. Se me ocurre que podría poner una foto de Onetti que me gusta. Es una foto en la que el escritor uruguayo sale mirando a la cámara y apuntando con un dedo amenazador. Sería como tener a Onetti todo el tiempo mirándome y amenazándome con algo terrible si no escribo. Puede que la ponga delante del escritorio, para que me recuerde todos los días cuál es mi labor. Además, si le sumamos el mate que descansa en mi escritorio, le daría al estudio un toque rioplatense. Puede que hasta termine por poner unos tangos de fondo cada vez que me siente a escribir.   

martes, 17 de septiembre de 2019

Día 64

Mariano Re

17 de septiembre
Un día horrible. Estoy que echo humo, diría mi abuela.
Me pasé horas buscando un archivo Word en el que, hace algunos días, en un momento de inspiración de esos que no abundan, escribí dos páginas enteras de la novela (habrá quien diga que dos páginas no son nada, pero cuestan mucho trabajo), dos páginas que me parecieron aceptables. Había encontrado un matiz, un tono, algo que funcionaba, y estaba muy contento con el resultado y con las posibilidades de avanzar en esa dirección. Pero todo eso ha desaparecido. Y cuando digo "todo eso" me refiero no sólo al archivo Word, sino también a la inspiración, al matiz, al tono y a las posibilidades. Frustrante.
En fin, al menos esta situación hace que refuerce mi postura de que siempre es mejor escribir el primer boceto a mano y luego pasarlo al Word. Puede sonar primitivo, pero así por lo menos me ahorro tanto disgusto y, sobre todo, me ahorro la angustia de pasar tantas horas delante de la pantalla, revisando miles de archivos y descargando programas para la recuperación de archivos perdidos, y otras muchas cosas raras.
Me voy a ahogar la bronca con una copa de vino buenísimo que compre para ocasiones especiales. Esta lo es.


martes, 10 de septiembre de 2019

Día 63

Mariano Re- blog












10 de septiembre
Si no recuerdo mal, fue la escritora irlandesa Mary Lavin quien dijo que un cuento debería ser como una flecha en vuelo o como el destello de un rayo. Algo inmediato; una experiencia en la que aparezca todo de una vez: comienzo, medio y final.
Y así, también, como una flecha en vuelo o como un rayo, me golpearon los cuentos de Una noche en el paraíso, de Lucia Berlin. Me pasé varias horas sin poder despegarme de la silla, hipnotizado por una prosa que desborda el libro y se sale de los márgenes, como si las líneas continuasen más allá de la página. Esa es la sensación que me dio. No es un libro de esos en los que uno, cada tanto, se detiene a reflexionar sobre lo que está leyendo. Este no. Este es un libro que marea. Un libro vertiginoso, que acelera a toda mostaza, hacia un final en donde uno se da cuenta de que ha seguido corriendo en dirección a un precipicio y no ha sabido detenerse a tiempo, y ahora no hay suelo debajo. El coyote persiguiendo al correcaminos.
En un momento dado, y haciendo un terrible esfuerzo por apartar los ojos de la narración, me detuve a pensar en por qué me causaba esta impresión. Al principio no di con una respuesta. Y entonces volví a la lectura, y como si fuese una flecha en vuelo o un rayo que iluminaba y me dejaba ver todo de una vez, vi en mi cabeza la imagen de Mary Lavin que me decía que esto era a lo que se refería cuando daba aquella definición de lo que ella creía que tenía que ser un cuento. Y ahí tenía yo mi respuesta. Lo que leía era un rayo que se encendía y, además, estoy seguro de haberlo visto, partía árbol en dos, allá a lo lejos, y dejaba un agujero terrible en la tierra.