viernes, 23 de febrero de 2018

Variaciones Porteñas

99E



Un viaje es un viaje. Nada más. No hay que buscar una metáfora en todo.



Este viaje empieza en otoño en Tenerife y llega un día después a la primavera de Buenos Aires. Vuelvo a casa de visita.



Ya pasaron casi tres años de la última vez y de esa última visita conservo una imagen borrosa y ligeramente deformada.



Como siempre que vuelvo, el viaje empieza con un paseo. Una especie de primera toma de contacto en la que visito lugares que antes solía frecuentar.



La ciudad por la que ahora camino no es la misma en la que crecí pero, por otro lado, conserva muchas cosas que ponen en entredicho la frase anterior. Puede sonar contradictorio pero es así.



Estos paseos tienen como objetivo encontrar puntos de referencia en los que volver a apoyarme. Mientras camino, no paro de contrastar la información que me envían mis recuerdos con lo que mis ojos ven. Donde antes había una casa, ahora hay un edificio. El almacén del barrio se ha convertido ahora en un supermercado. Hay calles en las que no encuentro ni una sola estructura que pueda reconocer. En esta Buenos Aires, me siento como un personaje extraviado; moviendo la cabeza a un lado y a otro, desesperado por encontrar esos puntos de referencia para orientarme. Me cuesta incluso reconocer el entramado de calles de mi barrio. Hay nombres de calles que, me doy cuenta, había olvidado por completo. Nombres que años atrás podía haber recitado de memoria; uno detrás de otro abarcando un radio de varios kilómetros a la redonda.



Pero no todo es así. Siempre logro encontrar un bastón en el que apoyarme. Este apoyo me lo proporcionan ciertos lugares (como los cafés, las estaciones de tren y las plazas) que representan las patas que, a duras penas, sostienen una mesa sobre la que se tambalea una ciudad que crece sin control.



Son, esos lugares, de los pocos a los que puedo ir sin tener la sensación de estar en algún otro sitio. Un buen ejemplo es el café Pensamiento, sobre la Avenida José María Moreno, donde ahora me siento y pido un café con leche y tres medialunas. Los dueños no me reconocen pero yo a ellos sí. Son dos gemelos gallegos que desde hace casi cincuenta años mantienen en pie este maravilloso rincón. En todo ese tiempo ni el bar perdió su esencia ni ellos el acento gallego. Ahí iba mi viejo a tomar el aperitivo el domingo antes del almuerzo. Ahí iba yo cuando era chico a pedir un vaso de agua después de haber estado jugando al fútbol durante horas en la calle de enfrente. Yo estoy muy cambiado pero el café no. Desde que dejé la ciudad, hace casi veinte años, adopté la costumbre de venir acá a desayunar la primera mañana cada vez que vuelvo de visita a Buenos Aires. Es mi puerta de entrada. Un punto de partida. De ahí ya puedo enfrentarme a todo lo demás.



Decía antes que yo cambié, y siento que cambié a la par que Buenos Aires. Que hemos crecido y también madurado y envejecido juntos. A ella le sienta mucho mejor, claro. Cada vez que nos volvemos a ver notamos el paso del tiempo sobre nuestras superficies. Mi arquitectura ha sufrido grandes cambios al igual que la suya. Con la única diferencia que la suya, menos caprichosa, se expande hacia arriba y hacia los costados, mientras que la mía se empeña ir hacia abajo, derrumbándose a buen ritmo.



Salgo del Pensamiento y camino algunas cuadras hasta Parque Rivadavia, otro de los pocos rincones que resiste con firmeza el paso de los años. En mi recuerdo, todo está exactamente igual que cuando mi mamá me traía a la calesita o, cuando ya de adolescente, venía yo a comprar libros usados o casetes piratas.



No puedo decir que me molesta que la ciudad se transforme. No me resisto a los cambios. Todos cambiamos. Yo tampoco soy el mismo. Me conformo con la posibilidad de que Buenos Aires conserve estos rincones donde puedo volver a ver la película de mi pasado. Pero me entristece sentir que nos conocemos cada vez menos. Que nos alejamos. No puedo evitarlo. Y es que Buenos Aires me enseño todo lo que sé. Soy así gracias a ella. En mis primeros veinte años acá viví casi todas las experiencias que me formaron. Las que vinieron después fueron simples variaciones.

Nocturno

Me gustaría decir que soy el personaje principal de la novela (sería también una posibilidad), pero apenas soy un personaje secundario. De todos modos me siento orgulloso.

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