sábado, 18 de agosto de 2018

Día 30

La historia del hilo – con los hilos en la masa

18 de agosto

Una cosa que me enseñaron los libros - si es que algo me enseñaron - es a leer siguiendo una especie de hilo que va cosiendo una obra con con otra (o un autor con otro), creando un tejido que parece no tener límites. La tela de araña de la literatura.

En cada autor que me gusta, encuentro lo que podrían ser migas en el camino; indicios de otras lecturas (algunas veces de manera muy explicita y otras no tanto) que me guían hacia la siguiente lectura. No son recomendaciones. Es más, diría que tiendo a evitar las recomendaciones (tanto a recibirlas como a darlas). Las preferencias literarias, como cualquier otra preferencia, son algo muy subjetivo. Evito, también, las recomendaciones editoriales o las que salen en los suplementos literarios, porque considero que la mayoría responden a intereses comerciales. Así que, como decía, me guío por las lecturas que se esconden detrás de los autores que más me interesan. Y es que me di cuenta de que allí están siempre, esperando agazapadas en algún rincón oscuro, las siguientes lecturas que me llevarán a próximas lecturas y así sucesivamente. Lo único que hay que hacer es buscar ese hilo que se desprende entre esas páginas y tirar de él.

Mediante este método, descubierto hace ya algún tiempo, he obtenido grandes recompensas. Me tropecé con maravillas - o lo que para mí son maravillas - literarias.

Gracias a Borges, por ejemplo, encontré La divina comedia o el Ulises de Joyce. A Cesare Pavese le debo haber leído Winesburg, Ohio de Sherwood Anderson o Babbit de Sinclar Lewis. A Ricardo Piglia, sin ir más lejos, le agradecería haberme presentado a Faulkner y a Kafka.

En los inclasificables y para mí tan formadores libros de Rodrigo Fresán encontré a Cheever, a Iris Murdoch o el indispensable Robertson Davies. Tambén gracias a él leí Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë o el Gran Gatsby, de Fitzgerald.

En los libros de Enrique Vila-Matas uno puede encontrar hilos de los que tirar hasta que se aburre. Gracias a esos hilos me enredé en autores como Walser, Perec, Pitol, Pessoa o Sebald.

Podría seguir pero no sigo. Basta con decir que ese hilo que atraviesa la literatura que me interesa puede que sea infinito, como la biblioteca de Borges o el universo. Lo que me lleva a pensar en la teoría de la intertextualidad, aquella que afirma que cada texto pertenece a una inmensa matriz en la que está conectado a todos los textos anteriores por la lectura y la escritura en común.

Por esta razón siempre me resisto a recomendar lecturas y a aceptar recomendaciones (aunque muchas veces no se pueden evitar si no se quiere ser grosero). Por la misma razón desconfío de las recomendaciones esas que afirman que estamos ante lo que quizás sea la obra del año, etc. Prefiero ceñirme a mis recomendadores oficiales que no necesitan recomendar sino que se limitan a dejar por ahí, entre sus páginas, una puntita casi imperceptible del hilo infinito para que, quien quiera y sepa buscar, pueda tirar de ella hasta que nos lleve adonde mejor le parezca.

Así que, cuando alguien me pide que le recomiende un libro, me limito a decirle que se remita a lo último que leyó y que le gustó. Una vez allí, lo único que tiene que hacer es buscar el hilo que se desprende de alguna de las lineas de ese texto y, cuando lo haya encontrado, no queda más que tirar (con mucha delicadeza para que no se corte) y esperar con paciencia a que este hilo le lleve a la siguiente lectura.

Por experiencia propia puedo decir que ese es un camino que no tiene pérdida. Y uno no debería tener miedo a seguirlo hasta el final, si es que hay uno.

Eso sí que lo recomiendo.

viernes, 10 de agosto de 2018

Día 29

2985

10 de agosto

Muchas veces se me ha criticado cierta tendencia que tengo a cambiar. Los cambios siempre asustan y, al parecer, la gente que me rodea se siente amenazada por esta tendencia. Pero para tranquilizarlos, después de haber pensado mucho en ello, he llegado a la conclusión de que en realidad no es que esté yo todo el tiempo cambiando, sino que más bien lo que hago es comenzar. Empezar una y otra vez las cosas. Y como comenzar no es repetir, porque cuando comenzamos estamos obligados a empezar desde cero, parece que estoy todo el rato haciendo cosas diferente y cambiando. Pero no, comenzar no es lo mismo que cambiar. Comenzar, me atrevería a decir es avanzar, es crear y transformar. Y yo - siguiendo un poco aquello que decía Ezra Pound en su ensayo-artículo "How I Began" de que "el artista está siempre comenzando. Cualquier trabajo artístico que no sea un comienzo, una invención o un descubrimiento tiene poca valía"- lo que hago es estar siempre comenzando. Comienzo todo, todo el tiempo. Sin ir más lejos, creo que comencé el primer capítulo de la novela una doscientas cincuenta veces y, hasta ahora, pasar al segundo parece ser una empresa imposible. Pero no me preocupa porque sé que cuando lo empiece, lo volveré a empezar varias veces más y, estoy seguro, se me volverá a acusar de que estoy siempre cambiándolo, pero lo que es realidad estaré haciendo (como hacen los artistas, según Pound) es estar siempre comenzando. Así que les digo a aquellos que me acusan de cambiante que, la próxima vez que me mude de ciudad o que cambie de ideas o de trabajo, no será, como ellos creen, porque tenga cierta tendencia al cambio, sino porque soy un artista y, como buen artista, siempre me preocupo por estar comenzando, inventando o descubriendo para ver si mi obra pueda llegar a tener alguna vez cierta valía.

Y ahora me voy para así poder comenzar algo, cualquier cosa, para darle forma de obra de arte.